7 de enero de 2010

Nieve de Piña


Sandro nació sin una de sus manos. De muy pequeño le dijo a su madre que sería capaz de hacerlo todo con una sola mano, pero que le gustaría tener mano izquierda únicamente para poder dar caricias con ambas . A su madre le conmovió tanto que su hijito le dijera eso, que creó para él una manita de seda, creada únicamente para dar las mejores caricias del mundo a quien las mereciera.

Sandro creció sin que nadie recibiera caricia alguna de su mano izquierda. Se convirtió en un joven taciturno y reservado. Sin embargo aprendió a ser feliz por sí mismo. Hizo amistades, estuvo con chicas, se divertía. No necesitaba nada más para tener una vida plena. Incluso aprendió a convivir con esa especie de melancolía que parecía acompañarlo a todas partes. La amó como parte de sí mismo.

Un día de invierno hubo un cambio en su vida. Sandro se encontraba paseando por el bosque. Disfrutando de su soledad y del frío. Era uno de los días más fríos del año y amenazaba nieve. Silvaba despreocupadamente alguna canción de cualquier grupo desconocido cuando le pareció oír un estornudo unos metros más adelante. Rodeó un grueso árbol y ahí, oculta entre unos altos arbustos la vió. Una pequeña chica estaba sentada sobre la tierra húmeda. Supo en seguida que era una dríada porque vio que en lugar de pies tenía raíces que se hundían en el suelo.

Se miraron unos segundos, curiosos y tímidos. Luego, Sandro se sentó junto a ella. Ambos miraraban en suelo, sonriendo sin ser conscientes de ello. Poco a poco, como una hoja que cae, ella apoyó su cabeza en su hombro. Él le dió un pequeño beso en el pelo, que olía a lluvia. Sandro la abrazó y ella le devolvió el abrazo. Le besó los labios y ella le devolvió el beso. Se acariciaron durante horas, con ambas manos. Ella se escondía en su pecho y él hacía lo mismo cada vez que ella levantaba la cabeza.

Ya casi era de noche cuando se quedaron un rato mirándose. Ella estornudó, mostrando su catarro. Él se puso de pie.

-He de irme antes que empiece a nevar. Hoy la nieve tendrá olor a piña. Es mi regalo.-y casi en seguida, un olor tropical invadió el aire.

Nada más dio el primer paso para alejarse de ella ya la echaba de menos. Le parecieron totalmente insuficientes las horas que estuvo con ella. Insuficientes y desaprovechadas. Contaba las horas que faltaban para volver a verla y deseaba tener raíces para poder quedarse a su lado.

Y cuando hubo salido del bosque y los primeros copos de piña comenzaron a caer sobre sus hombros supo que le costaría poder volver a disfrutar de su soledad. Que parte de su felicidad se había depositado en ese instante y la posibilidad de repetirlo. Y de pronto tuvo miedo. Un gran miedo a volver mañana y que no estuviera. Se preguntaba porqué habría de estar. Quizá ni siquiera existía y se la había imaginado. Podría morir de frío esa misma noche. La podría arrancar un ciervo o talarla un leñador despistado. Ahora que lo pensaba bien, la vio tan frágil, tan pequeña. Lo peor es que él sabía que estaba siendo un estúpido. Sabía que debía estar contento, pero por un motivo estraño su sentimiento era equivocado, pero no dejaba de ser su sentimiento. Se odiaba por eso.

Llegó a casa con la ropa calada y el pelo mojado. Se miró en el espejo y vió que realmente el pequeño y frágil era él.


Mañana, se dijo, el miedo habrá desaparecido. No perderé mi tiempo con miedos inútiles ey pensamientos infelices. Mañana seré feliz.

Se miró la mano de seda. Olía a piña y a lluvia.

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