11 de mayo de 2009

Colores

De ella sólo diré que tenía la sonrisa más blanca que jamás puedas soñar.

Ese día, como todos los lunes, se subió a su plataforma. Rápidamente se quitó la ropa ante un grupo de seis personas, a las que conocía hoy y a las que dejaría de ver en unas semanas.

Estaban situados en arco frente a ella, delante de caballetes. Eran pintores, estudiantes la mayoría.

Ella era modelo de desnudos. Posaba tres veces por semana para complementar sus ganancias. A veces podía estar hasta nueve o diez horas posando. Hoy estaría dos. Claro, tanto tiempo así le daba para pensar mucho. Y para observar.

Tenía un don: podía ver a través de las miradas. Era casi como poder leer mentes. Para ella, todas las personas eran transparentes. Sabía quién la miraba como arte, quién se excitaba al verla. Sabía quién tenía hijos, quién estaba soltero, si eran buenas o malas personas.

Y justo en frente de ella un chico. Estaría cerca de los treinta, como ella. Aspecto desgarbado y abandonado. Caótico. Ojos azules que reflejaban miedo, inseguridad y muy, muy en el fondo, una limpia carcajada.

Horas pasó mirando esos ojos perpleja. No sabía exactamente qué pretendían reflejar. Era incapaz de ver más allá de sus pupilas del color del mar. Era la primera vez que le pasaba.

El tiempo pasaba en fracciones de cinco minutos. Cada cinco minutos tenía que cambiar de postura. Ese día, además, el aire acondicionado no funcionaba y gotas de sudor frío recorrían la espalda de la modelo. Notaba una ligera corriente acariciando cada centrímetro de su piel, erizando el vello de su cuerpo. La sensación era odiosa y a la vez encantadora. Indescriptible.

Sin avisar llegó el tiempo de irse. Como el despertar de un sueño notó su cuerpo endolorido. Estornudó. Lo miró a él. Sus azules ojos miraban hacia abajo y, rápidamente, sin decir palabra y sin volver a levantar la mirada, recogió y se fue.

Cuando, tras un largo paseo, llegó a casa, se dió una ducha y se tomó un café. Salió completamente desnuda y se dirigió a su habitación de las cosas incabadas. Apuntes, lienzos y esculturas sin forma esperaban su llegada. Pocos minutos le costó encontrar su obra inacabada preferida. La llamaba "Modelo Desnuda" y la empezó a crear hacía casi diez años. En el lienzo se desdibujaban sombras perfiladas, incompletas, de ocho figuras situadas una al lado de otra. Están sentadas frente a caballetes y miran hacia el observador a la vez que pintan. La modelo es presentada en primera persona.


En ese momento ella se da cuenta de la perfección de su obra incabada. Salvo por un pequeño detalle. Necesita más azul.




Y sonríe.

1 comentario:

Ata dijo...

Ha descubierto el sabio secreto que se nos esconde por alguna razón egoista: A todos, a veces, nos hace falta más azul.

Viéndote escribir me dan ganas de volver a darle a la tecla como hacía algunos años... ^^

Precioso texto.